Premisa necesaria para una sana relación personal y profesional

Uno ajusta cuentas también idealmente con su vida. Sobre todo, cuando no pudo o no se atrevió a hacerlo realmente en el pasado. No es la mejor manera, pero aporta un alto grado de liberación. Y del recuerdo negativo del pasado hay que librarse, tenga este recuerdo la forma del rencor, de la culpa o de la nostalgia.

El ajuste de cuentas que me hago utiliza la siguiente premisa: Si no estás en obligación real frente a alguien, no permitas que ese alguien te diga qué y cuánto le debes dar; o dicho de otro modo, si nada te obliga, decide tú qué y cuánto le vas a dar a alguien. No dejes que el otro te haga ver obligación real donde no la hay. Y es sencillo: no rige la representación que una persona se hace de la relación real que mantiene contigo; rige la relación real que mantiene contigo, aunque ni él ni tú se la representen adecuadamente.

Durante años yo acepté y estuve sometido a la representación que se hacían otros de la relación que mantenían conmigo. Para ellos, como para mí, esa representación era incuestionable. El contenido más decisivo de esta representación era este: yo estaba en posición de deuda profesional y personal frente a ellos; y en consecuencia yo me debía a ellos; dicha deuda debía ser pagada mediante el trabajo absolutamente gratuito para su proyecto. Qué y cuánto tenía que dar era un asunto que determinaban ellos. Si no daba lo esperado, si no estaba a la altura, se veían obligados a asignarme una tarea adecuada a mis capacidades, adecuada a lo que podía darles. Y por esta consideración debía sentirme agradecido, pues estaban siendo pacientes con mis limitaciones, con mi egoísmo, con mi desidia; limitación, egoísmo y desidia que lastraban el proyecto colectivo, que lo socavaban desde dentro. Esto añadía otro contenido a la representación de la relación —contenido con el que tampoco yo salía moralmente favorecido—: estaba mi interés individual frente a su interés colectivo, mi egoísmo frente a su abnegación.

Ahora cuatro años después, en una lucha constante por la recuperación de una dignidad que me dejé arrebatar, ajusto cuentas —idealmente, repito— y descubro la realidad de aquella experiencia de vida; y éste descubrimiento me aporta la sencilla premisa que antes enuncié: si no hay obligación real, no dejes que nunca nadie te diga lo que le tienes que dar; da lo que quieras dar; y que el otro, si lo quiere, que lo tome.

No guiarse por esta sencilla premisa dentro de una relación personal y profesional te destruye poco a poco e inevitablemente.

David Galán Parro

21 de diciembre de 2025

Momento de íntima felicidad

Si me preguntan cuál es mi estado de felicidad suprema, mi respuesta es inequívoca: aquel en el que me vuelve el entusiasmo y la energía por trabajar y crear para la sociedad. Da igual de qué naturaleza sean los materiales constructivos — cada cual tiene los suyos— simplemente, sentir de nuevo ese hermoso amanecer dentro de mí que me pide volver a la faena para la cual me he formado, o me ande formando.

Cuando la mala salud se retira como una sucia ola que refluye para dejarnos a la vista plena esa playa hermosa que es el entusiasmo y la energía para crear, uno se reconcilia con el mundo. Yo diría que hasta con lo peor del mundo. Todo cobra aliento y horizonte. Sé que puedo hablar así, porque soy un privilegiado. Muchos no pueden gozar ni siquiera de un minuto de esa libertad de crear ahí en el terreno elegido y amado. Vidas truncadas por circunstancias adversas, o sencillamente, vidas cuyas circunstancias ni siquiera formaron las necesidades creadoras libres; para esos hombres y mujeres, para los que nunca hubo opción, y ni siquiera saben que hay opción, a esos yo los abrazo desde lo más hondo de mi corazón, y por ellos siento un agradecimiento íntimo que sólo puedo expresar correspondiendo en cada momento de mi faena con una inevitable entrega social. Yo me siento la expresión misma del reino de la libertad conquistada por la humanidad, por el trabajo de millones y millones de hombres que viven y vivieron en ese otro reino: el de la necesidad. A ellos me debo. Y cuando la salud vuelve al redil ¡Qué felicidad saberme inmerso de nuevo en ese río que es el trabajo para los intereses sociales! 

Soy el creador consciente conquistado por el esfuerzo social. Soy la encarnación de la libertad obrera conquistada. No hay mayor liberación que el que corra espontáneamente por la sangre de uno este humilde sentimiento.

David Galán Parro

15 de diciembre de 2025  

El rey que no podía soñar

a Alba Pérez Rivero

El rey no podía soñar. Llegaba la noche, se acostaba y se quedaba rápidamente dormido, pero nada aparecía en su sueño. Todo era oscuridad dentro de él. A veces, al despertar, la reina le preguntaba: 

—¿Has podido soñar hoy con alguien o algo por fin?

Él, tristemente respondía:

—No, con nadie ni con nada.

—¿Ni con este, tu país dónde todo es abundancia y todos trabajan para ti?

—No.

—¿Ni con este palacio donde vivimos cómodamente, rodeados de criados a nuestro servicio?

—No.

—¿Ni con todas las riquezas que acumulas en el banco del reino?

—No.

—¿Ni con todos los territorios extranjeros conquistados que ya son sólo tuyos?

—No

—¿Ni con tu madre y tu padre fallecidos que tanto te quisieron?

—No

—¿Ni siquiera conmigo?

—Ni contigo —respondía avergonzado.

La reina no podía entender cómo su marido carecía de sueños. Todos los habitantes del reino los tenían, menos él. Entonces pensó en ayudarlo: hizo venir primero a un juglar para que le contara historias antes de dormir, pero de nada sirvió. Luego, llamó a varios médicos, y éstos tampoco resolvieron nada. Luego, probó trayendo a un hipnotizador; y tampoco el hipnotizador consiguió que soñara. La reina estaba desesperada. Por fin, decidió poner un anuncio en el que ofrecía una importante suma de dinero para quien hiciese soñar a su marido.

A los pocos días, se presentó en el palacio un hechicero jurando que haría soñar al rey. La reina, no muy convencida, lo trajo a su presencia. El rey estaba también en la sala en silencio en espera del milagro. 

—Dime, hechicero, ¿cómo vas a hacer que el rey sueñe al fin con algo? —preguntó la reina.

—¿Ve este barril, majestad? —y señaló a un barril que acababan de traer a la sala dos criados— Está lleno de agua mágica. El rey debe introducirse desnudo en él y dormir bajo el agua. No morirá ahogado. Creedme. Yo cerraré la tapa. Dormirá así durante una semana. Al cabo de ese tiempo, volveré a abrir la tapa y el rey podrá contarnos si realmente soñó o no.

Parecía una locura peligrosa, un suicidio, pero como al rey y a la reina le gustaban los retos, éstos aceptaron lo que proponía el hechicero. Cuando llegó la noche, el rey se despojó de sus ropas reales, entró en el barril, se sumergió bajo el agua y se quedó dormido. Luego, el hechicero cerró la tapa y se marchó a casa.

Una semana después, el hechicero volvió al palacio. La reina le esperaba. Era la mañana en la que el rey debía despertar. Solo el hechicero era quien podía abrir nuevamente la tapa del barril, y así hizo. El rey emergió de las aguas y abrió los ojos lentamente como aturdido. Todos en la sala estaban asombrados.

—¿Está bien su majestad? —preguntó el hechicero.

—Sí —respondió el rey.

—-¿Ha soñado su majestad?

—Sí.

—¿Y con qué ha soñado su majestad?

—Con todo: con mis vasallos, con mi palacio, con mis riquezas, con mi padre y mi madre, con mi esposa. Por fin, he podido soñar y lo he visto todo en mis sueños.

—¿Y se despertaba su majestad cada día? —preguntó el hechicero.

—Sí, junto a una piara de cerdos, trabajando de porquero para un hombre brutal que era mi amo. Tenía que cuidar de los animales y estar con ellos todo el tiempo a cambio de comida. Mi techo era la propia pocilga en la que trabajaba. Nada más tenía yo.

La reina y los presentes entendieron la lección de vida por la que había pasado el rey y dieron las gracias al hechicero, el cual no aceptó la recompensa por su servicio.

—Su marido pudo soñar al fin, en cuanto empezó a vivir de modo humilde y en cuanto echó de menos todo lo que realmente era importante para él —le dijo aparte el hechicero a la reina antes de salir.

Desde entonces, el rey y la reina vivieron con muchísima más sencillez y repartieron con justicia la mayor parte de su riqueza entre todos los súbditos.

David Galán Parro

13 de diciembre de 2025

El bálsamo

Una vez, siendo yo estudiante en el último curso de Primaria, llegó al colegio un nuevo profesor de matemáticas no más alto que la mayoría de nosotros —Luis Cerrudo, se llamaba—. al que pusimos casi desde el principio, «Don garbanzo», no recuerdo si por su complexión rolliza o por su calva. De entrada, le profesábamos cierta indiferencia natural, pues era de modos anticuados o más bien, poco ajustados al prototipo de profesor joven y lúdico al que estábamos acostumbrados. «Soy un profesor de tiza y pizarrón; cosas obsoletas» decía ¿Obsoletas? ¿Y qué coño era «obsoletas»? Sus estrategias nos parecían más bien previsibles. No le gustaban las bromas. Se ponía frente a nosotros y rápidamente encaraba las operaciones y los problemas con una pasión nerviosa, con una concentración tenaz y agotadora. Literalmente, dejaba de vernos. Acabadas las sesiones, quedábamos sin fuerzas, parasitadas nuestras ganas de diversión por aquella bestia racional antes del toque a recreo. A él en cambio, la tensión lo dejaba revitalizado, crecido. En pocos días, la indisciplina galopante del grupo se había disipado frente a sus demandas. Yo fui uno de los que, entusiasmado, quise devolverle su buen hacer, poniendo todo mi empeño en sacar adelante la asignatura con las mejores notas. Pero todo esfuerzo se le hacía poco. El cabrón nos retaba y luego apartaba lo conseguido sin saborearlo, sin euforias que nos distrajeran. Pese a ello, antes de finalizar el primer trimestre, ya se había ganado nuestra admiración.

Un día, saliendo del aula, me quedé rezagado por el pasillo y «Don garbanzo» se aparejó a mí, casual o intencionadamente, no sé.

—Señor Ramírez— yo detestaba aquel formalismo— hoy resolvió bien los problemas. Con seguridad, sin tropiezos —oía su tono aleccionador y pensaba en alguien recién salido de una máquina del tiempo—Muy bien, muy bien—suspiró—, esta tarde tendré que seguir dando clases fuera del colegio, pero al menos hoy me voy sin la preocupación de su falta de estudio…

—¿Clases particulares de matemáticas, don Luis?

—No, de otras disciplinas: a primera hora, paracaidismo, con un grupo de chavales en la Escuela Oficial de Paracaidistas Profesionales; después, equitación, una actividad menos arriesgada para mis alumnos y para mí, en la Escuela Oficial de Jinetes Amateur; a tercera hora, curso de Corte Limpio de Pata de Jamón; después,… 

Lo miré primero un poco de soslayo, descreído de lo que escuchaba. No entendía aquella confidencia repentina sobre su atareada vida extraescolar. Me paré entonces, y nos miramos. Tenía el semblante de un hombre vencido por las circunstancias. Puso su mano en mi hombro con ademán paternalista y dijo seriamente:

—Por eso, señor Ramírez, no doy a basto. Estudie y no me complique usted también más la vida —y entró por la puerta de su despacho.

Con los años aprendí que hay que estar loco para necesitar que te tomen permanentemente en serio o para creerte en un estado puro. Y «Don garbanzo» lo sabía bien; por eso, aplicaba el absurdo de su mascarada como bálsamo para no acabar dentro de una camisa de fuerza.

David Galán Parro

23 de noviembre de 2025

Pudorosa dicha

Son las cuatro de la tarde. Debo ir a la playa a nadar. Eso me ayudará a sentir flexible la espalda y bajar la barriga. El agua fría conviene para esto y ya casi es invierno. Todo cuadra en el plan. Todo cuadra a tres meses vista.

Desciendo por la escalera que desde el paseo, situado a nivel superior, acaba en la playa. Como está nublado y hay viento frío, somos pocos en la arena y nadie en el agua. Mientras me desvisto, observo a una pareja con una niña de unos cinco años. Están a escasos metros de mí. Él es rubio, piel muy blanca, alto y algo entrado en años. Rasgos nórdicos o alemanes. Ella, más joven, es de piel negra, africana. La niña sale más a ella que a él. Pienso: «Un segundo amor de él, una segunda oportunidad con una joven madre soltera».

Entro en el agua sin vacilar. No hay olas y eso facilita la entrada. Nado sin mucho entusiasmo. El fondo, las piedras, los peces felices, todo lo tengo muy visto. Pero todo sea por la salud que se resiente, por la despiadada barriga, por la juventud que se va perdiendo. Nado unos diez minutos o un siglo. Salgo y allí sigue la pareja con la niña. Cojo la toalla y voy hacia la ducha adosada al pie del muro del paseo. Entonces, la niña que se ha alejado de sus padres, se me adelanta y se pone a presionar el botón para la salida del agua. Está intentando limpiar sus chanclas de arena, pero cada vez que suelta el botón para centrarse en ellas, el agua se retrae y recomienza su intento siempre infructuoso. Me acerco y mantengo pulsado el botón. Mientras enjuaga las chanclas me mira. No sonríe. Cuando termina, se pone las chanclas y se va. Hago mi turno, resuelvo y subo por las escaleras al paseo. Cuando me estoy secando, la pareja pasa a mi lado y el padre hace una seña a su hija para que me diga algo. La niña me mira seria y sigue adelante. «Thank you» me dice el hombre y los tres se alejan.

De repente, como en una especie de epifanía comprendo (o recuerdo) algo sencillo —quizás propio de personas sencillas—: «Ayuda cuando quieras y desaparece. No pidas que te recuerden por ello. Agradece a la vida estar totalmente liberado de la perentoria necesidad de sentirte correspondido o valorado»

El horizonte me regala sus celajes. Pronto caerá la tarde y una pudorosa dicha me embarga mientras camino.

David Galán Parro

19 de noviembre de 2025

La leyenda de las mariposas amantes

dedicado a mis alumnas Alba, Reichel, Ágora, Neiza, Fiorella, Alejandra, Yuleidy y Yanely

Zhu Yingtai quería ir a la escuela a estudiar y aprender. Pero su deseo no podía cumplirse. Por aquel entonces en China, las niñas no podían ir a la escuela, no así los niños. Las niñas debían aprender en casa las labores del hogar para convertirse en buenas esposas de hombres nunca elegidos por amor. Pero Zhu Yingtai era una joven inteligente y terca y tenía un plan.

Un día, habló con su padre. «Papá, disfrazada de chico podré ir a las clases sin que nadie se dé cuenta. Allí aprenderé muchas cosas útiles sobre agricultura y ganadería que seguro te servirán para mejorar tus cultivos y para curar a tus animales si enferman.» le dijo. El padre no estaba muy convencido: era un hombre muy tradicional. «De acuerdo» dijo finalmente «pero tendrás que casarte con el hombre que yo elija» Zhu Yingtai asintió y prometió que así haría. Al día siguiente, al despertarse se cortó su larga melena, se puso ropa de chico, cogió todas sus cosas y las metió en una bolsa de esparto. Por la tarde, en la despedida, su madre lloraba. No vería a su hija en casi un año, lo que duraría el curso escolar. Zhu Yingtai la abrazó fuertemente. Luego, ajustó la cinta de su sombrero cónico, se secó las lágrimas de la cara, se subió a uno de los burros de su padre y se despidió de éste con la mano. Tardaría dos días más o menos en llegar a la escuela a través de los descampados. El sombrero la protegería bien del sol.

Zhu Yingtai estuvo en la escuela ese curso y tres más.  Vivía en una residencia con otros compañeros. Era conocida como Xue Ming, un chico brillante que obtenía buenas calificaciones y que apenas tenía trato con los demás compañeros. Pocas veces acudió a los bailes y a las fiestas a las que fue invitada. Debía ocultarse cuidadosamente en Xue Ming y centrarse en estudiar mucho. En los veranos, regresaba a ver a sus padres y la misma triste despedida se repetía al final de sus estancias.

Pero Zhu Yingtai no contó con algo en su plan… 

Durante su tercer año de formación conoció a Liang Shambo, un compañero con el que empezó a compartir habitación en la residencia. Al principio, Zhu lo veía como un buen compañero, pero ya en el cuarto y último año, el compañerismo se volvió amistad y la amistad, amor. Zhu, quien nunca había estado enamorada se dio cuenta tarde. Liang Shambo no era muy agraciado, pero su inteligencia y bondad atraían mucho a Zhu.

En su último año, Zhu recibió la noticia de que su padre estaba enfermo. Tenía que volver junto a él. Poco le faltaba para acabar los estudios por lo que decidió que tenía que revelar su verdadera identidad a Liang y confesarle sus sentimientos antes de que la separación se hiciera definitiva. Llamó a una criada suya en el momento de irse y le dijo: «Amiga mía, quiero que le des a Liang este abanico, como símbolo de mi verdadera identidad y de mi amor por él. Dáselo cuando yo esté lejos junto a mi padre enfermo. Solo él debe saberlo. Nadie más». La criada cogió el abanico y Zhu Yingtai salió hacia la casa de sus padres en su burro.

Cuando llegó, vio a su padre fuera de la cama bastante recuperado. La enfermedad no había sido tan grave. Entonces, el padre le dijo: «Tengo otra buena noticia para ti: he encontrado a un joven muy honrado con el que te casarás este verano.» Zhu Yingtai sintió la espada del dolor traspasándole el corazón ¿Qué haría ahora? No podía renunciar a Liang, no podía renunciar al amigo al que únicamente amaba. Prefería antes morir.

Mientras en la escuela, la criada ya había entregado el abanico a Liang. Éste desesperado deseaba encontrarse cuanto antes con Zhu. Siempre había sospechado la verdad, aunque nunca había querido mencionarle el tema a ella por no romper su secreto. Había esperado a que fuera ella quien se lo revelara. Por eso ahora que lo había hecho, era el momento de ir a su encuentro. Al día siguiente, montado en su caballo partió hacia la casa de los padres de Zhu. El muchacho iba radiante de alegría.

Zhu y Liang se encontraron, sí, pero no para cumplir su mutuo deseo. Zhu le contó a Liang sobre la voluntad de su padre en un momento que pudieron estar solos. La decepción era inmensa. Lloraron, se abrazaron, se besaron, se juraron amor eterno bajo una triste luna llena. Un criado que vio casualmente el encuentro íntimo, comunicó al padre lo que sucedía. A la mañana siguiente Liang Shambo fue expulsado de la casa y regresó a la residencia y a la escuela. Estaba tan apenado que empezó a dejar de estudiar y de comer en pocos días. Dos meses más tarde, enfermó y murió. Zhu no lo supo.

El verano llegó y con él, la boda prevista. Zhu iba triste recordando en todo momento a Liang, de quién no tenía noticias. La llevaban en un palanquín (*) hacia la casa de su padre donde el casamentero y todos los invitados la esperaban. La comitiva caminaba lentamente cargando a Zhu por un descampado. Entonces la joven vio una piedra que parecía una tumba. Pidió que la acercaran. Necesitaba comprobar de quién se trataba. Se bajó del palanquín y leyó. En la piedra decía «Liang Shambo». La muchacha no pudo mantenerse en pie. Cayó de rodillas y rompió a llorar. Se enteraba así de la muerte de su amado.

Entonces, de repente, el cielo se oscureció y una densa lluvia comenzó a caer. La tierra se puso a temblar y la tumba se abrió como una enorme boca. Zhu comprendió el mensaje.  Era la llamada de Liang que la esperaba. Miró a todos los miembros de la comitiva, les sonrió a modo de despedida y se lanzó al fondo de la fosa. Luego, la tumba se cerró, la tierra paró, la lluvia amainó y el cielo volvió a despejarse.

Todo quedó en silencio unos instantes. Los acompañantes se miraron horrorizados e incrédulos. Fue entonces cuando ocurrió lo que contarían ya para siempre: que de la tierra de la tumba, dos bellas mariposas habían salido y habían echado a volar libres por el cielo hasta perderse de vista.

Leyenda popular china

Versión: David Galán Parro

(*) Palanquín chino: Vehículo-habitáculo sin ruedas sostenido por travesaños y sostenido y transportado por la fuerza humana.

El maletín

dedicado a Fiorella Juárez Cantale

Débora entró en el hotel con un maletín y se dirigió al mostrador de recepción. Tocó la campanilla de aviso y de una puerta salió un hombre delgado de rostro fino, con entradas pronunciadas, bigote y gafas. Iba elegantemente uniformado. Cuando vio a Débora pareció reconocerla.

—Señorita Salazar ¿Qué sorpresa? ¿Qué le trae por aquí?

—Descanso, Antonio, descanso. Ya iba siendo hora de tomarme unas vacaciones.

—Claro. Usted sabe que nuestro hotel es y será siempre su lugar de descanso. 

Débora sonrió, pero parecía la sonrisa forzada de alguien que lleva prisa.

—Tengo reserva en la 2.046.

El recepcionista se puso a comprobar.

—Efectivamente —confirmó.

—Esta vez no quiero ver a nadie, Antonio.

—¿Ni a ningún «amigo»?

—A nadie, Antonio. 

—Claro, señorita Salazar. El descanso es sagrado. 

El recepcionista le entregó la tarjeta de entrada a la habitación.

—En un momento vendrá el encargado de maletas ¿Quiere que le lleve el maletín a su habitación?

—No, gracias. Tengo que trabajar con el ordenador que llevo en él. Iré a la cafetería a trabajar primero y luego subiré.

Dicho esto, Débora se despidió y se dirigió a la cafetería. Allí, fue directa al baño con el maletín y al cabo de un rato salió, pero sin él. Luego, se acercó a la barra y pidió un café. Le gustaban los cafés muy fuertes. Lo apuró en dos sorbos y cuando lo hizo un señor sentado a una mesa, se levantó y se dirigió al baño. Débora pagó y salió. La zona de piscina del hotel parecía tranquila. Había sobre todo parejas de ancianos tomando el sol en las hamacas. Desde que habían prohibido a las familias la entrada con niños, el hotel había ganado en tranquilidad. A Débora le gustaban los niños, pero no podía permitirse ser madre. Su vida era muy peligrosa.

De repente, vio a los dos hombres de negro salir de detrás de unas palmeras. Débora los conocía de sobra y sabía lo que debía hacer. Llevaban pistolas y gafas de sol. Se acercaban despacio hacia ella. «Creerán los muy tontos que ya me tienen» pensó. Uno de ellos, la encañonó desde lejos y le gritó con una sonrisa maliciosa:

—¿Qué tal Débora? ¿De vacaciones por aquí?

—No me llamo Débora. Te has debido confundir.

—Claro, Débora. Debo estar equivocado —dijo y los dos se rieron. El otro también levantó el arma y le apuntó. De repente pararon de reír y se pusieron serios — Ahora, dinos dónde está el maletín. Deberías aprender del recepcionista: no tardó nada en decirnos dónde estabas.

—Claro, pero yo, a diferencia de él, no le tengo miedo a que me apunten con un arma.

—¿Ah no? ¿Por qué? ¿Tienes superpoderes para esquivar las balas?

—Podría decirse que sí —respondió Débora con una sonrisa retadora.

Algunos clientes miraban asustados desde la piscina lo que sucedía. Entonces, el otro hombre de negro que hasta ese momento no había hablado pareció perder la paciencia. Se acercó más a Débora y alargando el brazo le puso la punta de la pistola en la frente.

—Dime nena ¿seguro que podrás esquivar ahora la bala? Se acabó el juego ¿dónde está el maletín con el dinero? No tienes escapatoria.

—Sí la tengo.

—¿Ah sí? ¿Y qué harás para escaparte?

—¡Despertarme!

Y así lo hizo.

David Galán Parro

5 de noviembre de 2025

El Moralista Absoluto

Ya está aquí el Moralista Absoluto

a sojuzgarnos con su Hombre Moral.

Nadie escapa a la voracidad de ésta, 

su entelequia, su criatura tricéfala.

«Vales por lo que sabes y haces»

dicta el Moralista.

La Utilidad como sustancia.

El Cuerpo como accidente.

Y así nuestro cuerpo lentamente,

devorado por el Hombre Útil.

«Vales por lo que alcanzas»

dicta el Moralista.

El Objetivo como sustancia.

El Cuerpo como accidente.

Y así nuestro cuerpo lentamente,

devorado por el Hombre Realizado.

«Vales por lo que entregas»

dicta el Moralista.

La Abnegación como sustancia.

El Cuerpo como accidente.

Y así nuestro cuerpo lentamente,

devorado por el Hombre Abnegado.

Mientras tanto, el autoproclamado

Moralista Absoluto en La Tierra

contempla el festín de su criatura

y recoge minucioso el rédito 

del horror que propaga.

David Galán Parro

3 de noviembre de 2025

El accidente

Conduzco el coche y voy mirando a la vez el móvil. Estoy en el centro de la ciudad y la calzada está atestada de coches. Me salto un paso de peatones. En ese momento pasan una mujer y una niña. No alcanzo a frenar a tiempo y las atropello. Los viandantes miran horrorizados hacia los pies del guardabarros, donde deben encontrarse los cuerpos de la mujer y la niña. No sé si las he matado. Me entra el pánico. Un motorista que está a mi lado toca en la luneta y me indica que salga. Sus modos son amenazantes. Siento una dureza en el estómago. Creo que voy a vomitar. El motorista me apremia. Intento abrir la puerta pero está atascada. Le miro desde dentro e imploro: «Lo siento, lo siento… No las vi» El motorista se levanta la visera. Veo sus ojos inyectados en furiosa sangre. Grita: «Ibas mirando al móvil, hijo de puta» Forcejeo con la puerta. Sigue sin abrirse. Una multitud rodea el coche y mira en silencio. Hay tanta gente que ya no veo la calle. Ahora la multitud son ancianos que llevan uniformes grises. Emiten un sonido ululante, bronco. El motorista ha dejado de increparme al otro lado de la luneta y ha desaparecido. Estoy solo, forcejeando aún con la puerta.

Al fin, me despierto. En el resabio de la pesadilla identifico la culpa que nunca me abandona.

David Galán Parro

22 de octubre de 2025

Espejos

En la sala vacía,

se rodea de espejos.

En ellos, aparece

multiplicado.

En su alma, el regocijo

inconfeso y mezquino

de creerse salvado

del solo polvo.

Guardarán los espejos

durante años su imagen

procurando leales

hacerle eterno.

Aunque sean sus formas

y tamaños diversos,

no dejan de ser eso:

espejos de otro.

En la sala vacía,

por falta de otras cosas

ciegas, él solo mira

tristes espejos.

David Galán Parro

20 de octubre de 2025