Los Mimos del poeta griego Herondas eran pequeñas obras teatrales en las que mediante un diálogo en tono cómico se recreaban historias de carácter realista para representar la vida cotidiana de la Antigua Grecia. Sus personajes eran todos hombres y mujeres y no aparecían mezclados con ellos, los dioses como agentes activos de la trama —si se me permite la broma: ocupados en sus asuntos divinos y sin interferir para nada en la vida terrenal—. Esto parece reflejar que los autores que debieron asumir este género, en parte transgresor, trasladaron el foco de interés desde lo divino hacia lo humano sin descreer de los dioses y porque les interesaban más los conflictos terrenales de hombres y mujeres que los divinos. Preconizaban quizás sin saberlo una literatura más humanista, en tanto que el elemento divino quedaba reducido a la creencia o al acervo en la mente de sus personajes y el ser humano, convertido en el centro de interés. En este sentido, el mimo representa quizás la primera incursión de la literatura en lo mundano, en los asuntos cotidianos de la sociedad; la búsqueda en ese ámbito de los temas y las contradicciones humanos universales; y por ello también, el arranque de la literatura más apegada al ser social del individuo.
En el plano de la psicología individual, los personajes de los Mimos —generalmente hombres y mujeres libres— se debaten entre su entereza o debilidad moral, defienden sus intereses, manifiestan sus preocupaciones, sus alegrías y sus expectativas frente al futuro, y hacen gala sin avergonzarse mucho de sus limitaciones y sus miedos.
En el plano de la psicología social, los Mimos documentan indirectamente cómo las diferencias de clase de la época eran determinantes en el modo de relacionarse.
En El mercader de doncellas un extranjero pobre que regenta un burdel debe hacer valer sus derechos ante el tribunal de la ciudad, contra otro extranjero, rico y comerciante, que lo ha perjudicado agrediendo a una de sus doncellas. En este mimo se dota al protagonista de un fuerte carácter y se le representa luchando por su dignidad y reputación. En cambio en Las mujeres en el templo de Asklepios, en Las dos amigas y en La celosa, la condición de esclavo —condición por debajo de la extranjería— se representa en su realidad más vejatoria y sufrida.
Y en este mismo plano, también nos presentan la situación de la mujer de entonces —de hecho la mayoría de los personajes centrales de los mimos son mujeres que se desenvuelven junto con sus esclavos en el ámbito exclusivamente doméstico— y de cómo esta situación determinaba también su comportamiento privado y público. En Las dos amigas se explícita las limitaciones de la época para con la mujer en cuanto a la represión sexual a la que estaban sometidas: una mujer va a visitar a una amiga porque quiere saber qué artesano zapatero le ha elaborado el juguete sexual —denominado boubon— para hacerse ella con uno. El juguete en cuestión tiene forma de falo y suponemos que es de madera, revestido de cuero suave como lana, lo cual hace la delicia de la amiga visitada que habla así en detrimento de los hombres: «Los hombres, aquí entre nosotras, no alcanzan nunca una rigidez así». Pese al tono cómico, no deja de traslucir la insatisfacción que había entre las mujeres casadas: la infidelidad de la mujer era un asunto duramente castigado y el mercado negro superaba con el boubon las insatisfacciones que procuraba la prohibición.
En todo momento hay algo que no aparece reflejado en los Mimos sobre la psicología social de la época y que indica el estado incipiente de las contradicciones: la autoconciencia de sufrir una desventaja en derechos no como miembro de clase o género, sino como individuo. En ese sentido, todos los comportamientos que aparecen en las historias enfrentan y resuelven la injusticia social en el plano individual, dado que dicha injusticia se presenta como una fuerza superior que doblega al individuo.
Leer estos clásicos siempre es instructivo: nos da la perspectiva histórica con la que valorar a qué distancia nos encontramos de la emancipación humana plena.
Estaba Metrotimé a las puertas de su humilde casa cuando vio pasar por un sendero cercano a Lampriskos, maestro muy valorado en la ciudad. La mujer le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Lamprikos al verle el semblante comprendió de inmediato que algo le preocupaba.
—¡Ah Lampriskos! Dame una solución a mi problema: Kotalos no quiere estudiar. Creo que se merece una buena tunda de palos por ello, además de por mentir, insultar y burlarse de todo el mundo, empezando por mí, su propia madre ¿Qué puedo hacer Lampriskos?
—No te desesperes Metrotimé. Los muchachos de hoy en día son todos un poco alocados. Él tuyo no va a ser una excepción.
—Lo sé, pero el mío es especialmente malvado. Me roba dinero y luego se va a la plaza a reunirse con otros chicos tan malos como él y lo pierde todo jugando con ellos a los dados. Me está arruinando. Encima el maestro que le enseña me reclama al principio de cada mes el dinero que le debo por las clases. Pero mi hijo no va a clases. No sabe ni por dónde se va a la escuela: te digo, se escapa a jugar a los dados con los amigos y no sabe ni llegar a ella.
—¡Por Zeus! Menudo demonio. Te compadezco, Metrotimé.
—No te imaginas lo mal que vivo por causa de su carácter rebelde. Su pobre tablilla, que cada mes unto de cera para que no se estropeé, permanece tirada en la cama. No la quiere ni ver. Le duele verla más que si viera el infierno. Por eso cuando a veces la coge y me hago la ilusión de que se va a poner a estudiar por fin, termina llenándola de arañazos y la tira al suelo y la pisa. Eso sí, los dados que son su juguete favorito los tiene todos muy bien cuidados y guardados en sus saquitos y redecillas.
—Pero entonces, si tan mal cuida la tablilla ¡No sabrá ni leer ni escribir!
—Así es, Lampriskos. No quiere estudiar. Lo tiene claro. El otro día me dijo que él lo que quiere es aprender a guardar burros, que con sólo eso será feliz en la vida. Pero yo quiero que estudie, que haga algo de más provecho. Dice que estudiar no le sirve para nada y menos para mantenerme a mí cuando me llegue la vejez.
—Bueno, Metrotimé, has de pensar también en lo que él quiere para sí mismo. Que tenga que estudiar y que debamos obligarle a estudiar no quiere decir que la palabra última sobre su futuro, no sea la propia ¿Quiénes somos nosotros para arrancarle los cuernos al toro pretendiendo que sea caballo? El toro es toro y si tu hijo quiere en un futuro cuidar de los burros y disfrutar del placer de una vida sin grandes responsabilidades porque esa es su voluntad ¿se lo vas a impedir cuando sea dueño entero de su persona y voluntad? Deja que busque su propia satisfacción y felicidad y no insistas en que lo que espera tu cabeza de él sea lo mismo que lo que le depare el destino. Haz esto que digo y no sufrirás ni tú ni él. De momento sólo podemos exigirle que cumpla con el conocimiento más común a todos, para que al menos no se vea en demasiada desventaja por su ignorancia con respecto a otros y no se avergüenza por ello cuando sea una persona más juiciosa.
—Bien dices, Lampriskos. Pero es precisamente en este momento que ni con ese mínimo esfuerzo que le exijo quiere asunto.
—¿Y tú marido no hace nada al respecto?
—Mi marido es un hombre que ya no tiene bien ni la vista ni el oído y por ello, Kotalos tampoco lo respeta. Si mi marido y yo le regañamos fuertemente, coge y se escapa de nuestra casa y se va a la de mi madre, que es todavía más anciana y allí hace lo que le da la gana, pues mi madre le permite todo, la pobre. El otro día se subió al tejado de la casa y se colgó boca abajo como un mono. Podía haberse caído y matado. Luego, se puso a tirar todas las tejas e hizo un verdadero destrozo. Tuve que darle a mi madre un óbolo por cada teja rota. No hay nada que hacer con mi hijo. Todo va de mal en peor.
—Quizás cuando se acerquen las vacaciones venga yo por aquí y le obligue a estudiar.
—¿En vacaciones? ¡Será imposible! Está desesperado porque empiecen, como si estuviera cansado de estudiar todos los días, y ya está planeando cómo divertirse en ellas.
—Tranquila, Metrotimé. Me pasaré por aquí y haré que el muchacho estudie en las vacaciones. Se le harán muy largas, ya verás. Tú vete preparando una puerta resistente para dejarlo encerrado en esos días de verano en su cuarto. Tu hijo es como un perro al que solo le gusta salir y correr libre por el campo. Pero eso se le acabará. Yo estaré para evitarlo, aunque tenga que emplear (¡espero que no!) el cuero duro de mi cola de buey.
—Gracias Lampriskos, que las Musas te concedan la gracia y la dulzura de vivir.
—No hay de qué, Metrotimé. Entre los dos, haremos que Kotalos aprecie por igual el trabajo que le supone la tablilla y la diversión que le ofrecen los dados.
Y dicho esto, el maestro se fue por el polvoriento sendero que le llevaba al puerto. Allí le gustaba contemplar cómo preparaban los marineros sus redes antes de salir a pescar con sus barcos.
FIN
(*) Historia basada en el mimo, titulado “El maestro de escuela” del poeta griego Herondas.