El segundo trabajo que ordenó Euristeo a Heracles iba a ser quizás el más peligroso: matar a la Hidra, una enorme serpiente de agua con nueve cabezas, ocho de ellas, mortales y una, en el centro, inmortal.
La Hidra vivía en el pantano de Lerna, un territorio lleno de manantiales, que sería propicio para la agricultura y la cría de ganado, sino fuera porque cada vez que la Hidra lloraba arrasaba todos los campos y los animales del lugar. Hasta allí fue Heracles, subido en un carro, conducido por su amigo Yolao.
Cuando ambos llegaron, descubrieron a la Hidra en lo alto de una colina. Al verles, la criatura empezó a agitar sus nueve cabezas de forma amenazante, sin que ello acobardará a los dos amigos, que lentamente comenzaron a subir por la pendiente. La Hidra entonces asustada huyó a su madriguera y se escondió. Preparando su arco, Heracles dijo:
—Querido Yolao, unta de brea la punta de mis flechas, préndelas de una en una y vete dándomelas. Haremos que esa bestia salga de ahí.
Y así, mientras Yolao suministraba las flechas encendidas a Heracles, éste las iba poniendo en su arco y las disparaba hacia el fondo de la madriguera.
Pronto el fuego y el humo crecieron dentro, y la Hidra salió. Fue aquel el momento favorable en que Heracles abalanzándose sobre ella, la apresó y la inmovilizó. La Hidra entonces, desesperada en el forcejeo, enroscó su cola en una de las piernas de Heracles apretándosela, mientras éste golpeaba con la maza las cabezas de la criatura.
—Es imposible acabar con ellas —le gritó Heracles a Yolao, que estaba asustado e inmóvil.
Y en efecto, así era, pues de cada cabeza aplastada, dos surgían de inmediato.
De repente, un enorme cangrejo apareció y mordió el pie de Heracles. Se trataba de Carcino, cangrejo enviado por Hera, reina de dioses, para que ayudara a la Hidra. Heracles, sintiendo el dolor, le dio primero una patada y luego lo aplastó con el talón.
Las cabezas seguían duplicándose sin cesar pese a los mazazos de Heracles. Entonces Yolao, quien hasta ese momento no había sabido qué hacer, corrió hacia un bosque cercano e hizo fuego en él para obtener algunos tizones. Luego volviéndose hacia dónde Heracles y la Hidra luchaban fue aplicándolos a los cuellos de las cabezas aplastadas por el amigo, evitando con la quemadura que nacieran las nuevas. Evitada así la proliferación, Heracles cortó la cabeza inmortal, la del centro y la enterró, poniéndole después encima una pesada roca, cerca del camino que a través de Lerna conducía a la ciudad Eleúnte. Finalmente abrió en canal el cuerpo inerte de la Hidra y metió las flechas en su interior.
Cuando Heracles volvió con los restos de la Hidra ante la presencia de Euristeo, éste dijo:
—No te hagas ilusiones. Por este trabajo no serás recompensado, pues no lo has hecho sólo tú. Te ha ayudado Yolao. No es sólo tuya la hazaña.
Así de desagradecido era Euristeo. Y así de envidioso.
(basado en la obra Biblioteca mitológico, Apolodoro de Rodas)
El primer trabajo que Euristeo, rey de Micenas, ordenó a Heracles fue traer la piel del león de Nemea, animal indestructible hasta ese momento. El león era hijo de Tifón, un monstruo de cien cabezas de dragón que echaba fuego por ellas. Heracles yendo en busca del león llegó a la ciudad de Cleonas y se quedó en casa de un campesino llamado Molorco. Éste se disponía a inmolar unas ovejas en honor a Zeus, pero antes de que lo hiciera, Heracles le dijo:
—Molorco, buen hombre, voy a cazar al león de Nemea. Si dentro de treinta días regreso sano y salvo de la cacería, dedícale el sacrificio a Zeus como tenías pensado hacer, pero si muero dedícamelo a mí, como héroe.
—De acuerdo, te esperaré.
Entonces Heracles se despidió de Molorco y se dirigió hacia la ciudad de Nemea en busca del león. Los habitantes de Nemea le dijeron que podría encontrar al león en el bosque y Heracles se fue hasta allí para darle caza.
En el bosque todo era oscuro y lleno de fieras salvajes y de entre ellas, la más temida, era el león. Heracles buscó y buscó y a los pocos días lo vio cerca de un riachuelo. Entonces, Heracles le empezó a disparar sus flechas y las flechas se clavaban en el cuerpo del león, pero sin matarlo: así de indestructible era. Heracles pensó: «Si no muere por las flechas, lo mataré con la maza» Y sacando la portentosa maza de hierro fue tras el león para acabar con él. El león corrió a través del bosque perseguido por Heracles, y se escondió dentro de una cueva que tenía una abertura de entrada y otra de salida. «Debo cerrar una de las aberturas para que no pueda escapar cuando yo entre» y diciendo esto, Heracles tapó con piedras una de ellas, antes de entrar en la oscuridad de la cueva.
Dentro, vió al león resoplando, nervioso, mirándole y esperándole. Heracles alzó su maza, se abalanzó sobre el animal y empezó a golpearle. Pero los golpes nada le hacían: era un león de duros músculos al que la maza ningún daño podía hacerle tampoco. Entonces, Heracles, encaramado sobre el lomo del animal, le rodeó con el brazo el cuello y apretándoselo fuertemente durante unos minutos, consiguió asfixiarlo. Luego, se echó el animal sobre los hombros y lo cargó de vuelta a la casa de Molorco.
Allí, encontró a su amigo a punto de sacrificar las ovejas prometidas en su honor porque ya era el día treinta.
—Espera, Molorco, no lo hagas, ya llegué—le gritó a tiempo Heracles— Sacrifica las ovejas en honor a Zeus. No lo hagas por mí.
Y Molorco al ver a su amigo vivo y sano se alegró infinitamente y lo abrazó.
Después Heracles regresó a Micenas al encuentro del rey Euristeo para entregarle la piel del león que le había pedido. Pero Euristeo, que en verdad era muy envidioso y desconfiado, al comprobar que Heracles había sobrevivido a la cacería no quiso recibirlo y mandó a un mensajero a la puerta del palacio a que recogiera la piel que le traía. De esta manera Euristeo empezaría despreciar a Heracles.
De regreso a casa, y enfrascado en el contenido de uno los últimos trabajos publicados en su blog por Francisco Umpiérrez, De lo abstracto a lo concreto, caminaba yo aquella tarde por la avenida de la Playa de Arinaga, cerca del muelle viejo. Es una zona tranquila que invita a la reflexión. La borrasca daba sus últimos coletazos y el mar se mostraba más vivo y bello que nunca. Me paré frente a él. En estas ocasiones, mejor sentir que pensar. Ahí estaba. Inquieto, cambiando de forma sin dejar de ser él mismo. Con el poder que le otorga la fuerza de su inmensidad, sepultando con su manto las rocas negras que conforman la orilla a las que, instantes después, dejaba de nuevo emerger para que yo pudiera contemplarlas. Acompañando la estampa, lo oía rugir como un lamento por su eterno e incesantemente ir y retornar, sintiendo sobre mi rostro las diminutas gotas del abanico de espuma que levantaba frente a mí y que el viento transportaba. Y todo ello envuelto en el aroma que desprende el mar cuando hay “tiempo del sur”, en el hablar de los isleños.
En ese instante, mi pensar se unió a mi sentir. En mi memoria hizo acto de presencia la cita de Hegel que Francisco trascribió en su trabajo con el fin de rebatir las afirmaciones de Manuel Sacristán sobre el riguroso pensador alemán al que atribuía vaguedad e imprecisiones en la exposición de sus ideas. La cita de Hegel dice literalmente así:
“El contenido concreto de la certeza sensible hace que este se manifieste de un modo inmediato como el conocimiento más rico e incluso como un conocimiento de riqueza infinita a la que no es posible encontrar límite si vamos más allá en el espacio y en el tiempo en que se despliega, como si tomásemos un fragmento de esta plenitud y penetrásemos en él mediante la división. Este conocimiento se manifiesta, además, como el más verdadero, pues aún no ha dejado a un lado nada del objeto, sino que lo tiene ante sí en toda su plenitud”.
Así tenía yo el mar ante mí: en toda su plenitud.
Poco después reinicié mi paseo. Llegando a casa, y entre dos contenedores de basura, vi una mesa que alguien habría depositado en la basura cuando ésta dejó de serle útil. En un primer momento, sentí indignación al comprobar cómo parte de la ciudadanía ensucia el paisaje urbano. Para algo están los “puntos limpios”. Después centré mi atención en la mesa. De madera, color miel, su tablero circular, con una única base central rematada por cuatro pequeñas patas, dos de las cuales estaban partidas. Los basureros son los cementerios de las mercancías cuando estás dejan de ser útiles.
Viendo la mesa, mi pensamiento se llenó de preguntas:
¿De qué bosque, de qué especie de árbol, de qué árbol individual salió la madera? ¿En qué carpintería o fábrica se construyó? ¿Quiénes y cuántos fueron los trabajadores que participaron en elaborarla? ¿Qué herramientas utilizaron? ¿Cuántas horas de trabajo emplearon? ¿Una vez terminada, cuántos días permaneció almacenada a la espera de su venta? ¿De qué lugar vino? ¿Cómo fue trasportada hasta la tienda donde fue vendida? ¿Cuál fue su precio de venta? ¿Cuántas “hermanas” semejante a ellas existirían? ¿Cuántas seguiría siendo útiles? ¿Qué lugar de la vivienda ocupó? ¿Qué uso tuvo? ¿En cuántas comidas, cenas y desayunos estuvo presente? ¿Cuántos manteles la cubrieron? ¿Fue encima de ella donde los pequeños de la casa hicieron los deberes del colegio? ¿Qué acontecimientos sociales tuvieron lugar a su alrededor? ¿Fue un mudo testigo de alguna partida de zanga?
A punto de entrar en casa, de nuevo recordé la cita de Hegel, y pensé que el contenido concreto de la certeza sensible de la mesa no aportaba respuesta alguna a las múltiples preguntas que sobre ella me formulé.
Mis primos cargaban el féretro donde iba mamá. La comitiva la formábamos unas treinta personas. El camposanto estaba silencioso y nosotros también. Todo obraba armonizado para mamá. El brazo de Silvia me prendió la cintura; yo, un poco por corresponderle, le pasé el mío por el hombro. Era un último gesto mutuo: entre nosotros se deslizaba ya sin retorno el frío pragmatismo de la ruptura. La tristeza y la culpa me embargaban mientras caminábamos. En mi vida no había hecho otra cosa que intentar cerrar puertas tras de mí, escribir capítulos siempre malogrados. Y la indiferencia por la suerte de mamá de los dos últimos años era una de esas puertas, uno de esos capítulos.
Delante de nosotros iba Clara. Había viajado desde Irlanda expresamente para despedir a mamá. También sentiría como yo, el no haber hecho nada por recomponer su relación con ella. La idea no me aliviaba. Clara intentaba mantener su falsa fotografía familiar, su mascarada de vida plena en Irlanda. Tres años antes, la crisis la había llevado allá como camarera de hotel; luego, la relación íntima con el gerente, su actual esposo, la había hecho medrar dentro de la empresa; después un hijo con él la había apartado del trabajo—eso convinieron—; y ahora, dos o tres competidoras andaban socavando el matrimonio. Pronto volvería a España —estaba cantado— y yo preveía que la distancia entre nosotros sería más obscena superada la geografía. Era una tarde gris y caminábamos junto al féretro ¿qué otra cosa podíamos ya hacer por mamá?
Frente al nicho, mis primos descargaron el féretro y lo introdujeron en él. Mamá se perdía definitivamente de vista en el hueco. De fondo, las ramas de los cipreses se oían agitadas por el viento. Una persistente llovizna nos empapaba. El operario iba colocando la lápida mientras yo pasaba revista a los asistentes. Los reconocía a todos. A todos, menos a uno: un señor calvo, con barba, fornido y de baja estatura —de hecho, era el más bajo de la comitiva— de unos sesenta y largos años. Vestía de forma descuidada y llevaba una cazadora vieja con forro de felpa y pantalones vaqueros. Estaba solo y parecía ensimismado. Miré a sus pies y le vi unas zapatillas deportivas gastadas que desentonaban en color y estilo con el conjunto. Luego observé que regularmente se llevaba un pañuelo a la nariz y se sonaba. En sus ojos —a mi alcance estaban— entreví una profunda afectación. A toda vista, parecía un hombre bueno ¿Quién sería? Pregunté discretamente a Silvia y no supo decirme. Cuando el operario terminó el sellado y se fue, Clara agradeció la compañía a los asistentes. Luego, el lugar se fue despejando y quedamos los más allegados; también el desconocido. Seguía solo, pero ahora frente al nicho, mirándolo. Me acerqué a su lado y me presenté.
—Era una gran mujer, su madre —recuerdo que dijo—. La conocí en la parroquia. Llevaba comida y ropa para mucha gente. Fue de gran ayuda.
Siempre atribuí a mamá una escasa vida social. Pero tal vez, tras la muerte de papá y en medio de la soledad extrema, el instinto de supervivencia le llevó a un empeño filantrópico y un orgullo de madre abandonada, a no comunicarnos nada. Por su modo de vestir, deduje que aquel hombre sería uno de los beneficiados.
—También gracias a ella me animé a volver a terapia. Le prometí que cumpliría.
Me pregunté cómo habría mamá conseguido traspasar el trato formal y entrar en aquellas intimidades con él. Fue entonces cuando sentí que en verdad no me despedía de mamá —o de quien yo recordaba como mamá—, sino de una mujer a la que le atribuía una soledad e infelicidad insalvables que no eran más que la proyección de lo que temía en mi ruptura con Silvia. Como se suele decir, mamá «había rehecho su vida», sin miedos ni esperas, pero a espaldas de Clara y de mí, con intereses que no calculábamos y que no eran propios de nuestras urgentes vidas.
El hombre me miró fijamente. Unos hermosos ojos azules parecían a punto de quebrarse. Entonces dijo:
—Yo no podía conocerte ni a Clara ni a ti. Era el trato. No se lo reproches.
Y dicho esto, se despidió y sin mirar atrás enfiló por el camino flanqueado de hierba y flores. No lo volví a ver.
(NOTA: El siguiente texto lo escribí en 1988 a los doce años. Lo presento sin modificar)
Como he de contar había una vez un topo que tenía los ojos negros que la vida no veían.
Viose el pobre cegato en tal maltrecha situación, pues era que a cada tres o cuatro pasos que daba, besaba duro y sucio suelo en donde contaba estrellas una a una y dolores y más dolores llegaban y se iban de su cabeza.
Ya harto de su desdicha decidió ver al cuervo oculista de quien seguramente arreglásele su problema ciego.
—Este problema se le presenta a los topos en su mayoría —decía el cuervo—, pero tiene arreglo, pues usando estas gafas ya verás que saldrás de tus sufrires —terminó su consejo y de allí salió alegre el topo.
Pues poco después viole el celoso búho que quedole el celo por las gafas que el topo usaba. Creía el muy tacaño que con esas mismas gafas contaría mejor su mucho dinero y quiso él también unas parecidas. Visitó también al oculista cuervo…
—Quiero unas gafas que me hagan ver mejor el dinero que tengo —decíale la codicia.
—Estas le servirán —aconsejole el cuervo.
—No. Éstas son borrosas.
—Pues éstas… —volvió a decirle.
—No. Veo pequeñas las cosas —optó el búho por la negación.
Así pasáronse horas y horas cambiando y probando gafas que ya casi loco el oculista estaba y quiso éste darle entonces las de la tontuna, las de sin cristales. Y así tomó el búho aquellas con su muy tonto deseo, y tan locamente las deseó que por ellas pagó la mitad de toda su fortuna.
¿Quién no hubiera reído ante semejante estupidez? Y así acaeció que riose más el oculista que un payaso de circo, pues se fue el búho entusiasmado con el creer de las gafas que se hallaban con transparentes cristales. Y bien ganó el cuervo oculista, pues merecido se lo tenía el búho.