Los días contados

A tí, 

que le restas al mundo su cuerpo

a tí, 

que así haces 

para no rendir cuentas

para no sentirte postrado

por las azarosas circunstancias

que escapan a tu control

y a tu entendimiento que todo lo prefija;

a tí, 

que necesitas para tu calma

esa urdimbre de naderías

que no sirven para cubrir

el cuerpo necesitado y famélico

de este mundo real;

a tí, 

que desde tu estrado intelectual,

quieres hecho ese mundo

a imagen y semejanza de tu vana urdimbre;

a tí

que no pararías hasta convertirlo incluso

en una extensión muerta de tu voluntad;

a tí

y a todo el que te siga:

tienen los días contados.

David Galán Parro

15 de febrero de 2026

Soneto XIII: ¿Inútiles cosas?

El castillo de arena de la playa,

el molinillo de papel que gira,

la muñeca que la ternura mira,

el globo leve al que se pincha y estalla;

cosas que dibujan ese otro mundo

en que la infancia dichosa se hospeda,

y donde lo útil en suspenso queda,

para hacer raíz al sentir profundo.

No volverá ese tiempo a estar contigo.

No salvará su milagro tus días.

Has hecho de lo útil un sacro amigo

y has perdido las tiernas alegrías.

Ya sólo te queda la prisa eterna,

la ceguera y la sombría caverna.

David Galán Parro

19 de febrero de 2026

La pastilla del señor Tilla

Jorge Agustín Regustín acababa de cumplir dieciocho y no quería seguir estudiando en el instituto. Se lo pasaba sin hacer nada y desperdiciaba su tiempo jugando a videojuegos, haciendo comentarios random en las redes sociales y escroleando con el móvil todo el rato. En consecuencia había suspendido todas e iba a repetir. Su padre le decía:

—¡Si no quieres estudiar tienes que buscarte un trabajo y ahorrar para independizarte! 

Y sí, a Jorge le hacía ilusión la idea de independizarse, especialmente porque tenía una novia con la que soñaba convivir algún día en una casa propia. También significaba comprarse el móvil de última generación, una buena moto como la de su primo, ropa de marca, y demás lujos, hacerse rico algún día como influencer o invirtiendo en bolsa,… Pero claro, como las cosas no se regalan tenía sí o sí que aceptar lo que le decía su padre: tenía que encontrar un trabajo.

A los pocos días de dejar el instituto consiguió uno de repartidor de comida a domicilio en una hamburguesería, cosa que le alegró de entrada. Siempre le había gustado ir en la patineta eléctrica a todas partes y a mucha velocidad y en su trabajo la patineta era imprescindible para llevar los pedidos a tiempo. Todo le pareció muy divertido al principio, —al principio, claro— pero cuando se vio conduciendo la patineta tantas horas al día y teniendo que sortear peligrosamente el tráfico de la ciudad, ya el trabajo no le pareció tan divertido. Además le pagaban poco y eso de ahorrar e independizarse iba a tardar más de lo que esperaba.

—Creo que tardaremos en vivir juntos —le dijo Jorge decepcionado a su novia—. Pagan poco y las cosas están caras.

—No tengas prisa, Jorge. Deja el trabajo. Es mejor que trabajes en verano y aproveches estos meses para sacarte el carnet de conducir. El curso que viene vuelve al instituto y tómate en serio los estudios. Yo estoy bien en casa con mis padres y no necesitamos todavía irnos a vivir juntos.

Pero a Jorge, que era obstinado, no le tranquilizaba la solución; así que prefirió seguir en su trabajo, a la vez que perder el tiempo con los videojuegos y las redes sociales.

* * * * *

Un día, un cliente llamó por teléfono al restaurante para hacer su pedido. Hablaba imperiosamente:

—Quiero el punto de la carne bien hecha. No me gusta cruda. Échenle poco ketchups a las papas, que el ketchup me da ardor de estómago. La ensalada que no tenga cebolla; me deja la boca apestando. Y no me pongan refresco; tiene mucho gas, se me hincha la barriga y me cuesta después ponerme los pantalones. Mejor agua sin gas, natural.

—Sí, señor —dijo Jorge

—¡AH! ¡Y NO TARDES! —gritó.

El cliente dio la dirección de casa y colgó.

Cuando el pedido estuvo preparado, Jorge lo metió en su maleta de reparto y salió con la patineta como un rayo hacia la casa del cliente. Ésta se encontraba en la urbanización mas lujosa de la ciudad y en el último piso de un edificio de diez plantas. Cuando Jorge llegó tocó en el telefonillo. La voz enfadada del cliente se escuchó entonces:

—¡TE HAS RETRASADO CINCO MINUTOS!

A pesar del reproche, el cliente abrió la puerta y Jorge dejó la patineta en el zaguán. Luego, entró en el ascensor —diez plantas eran muchas plantas por la escalera— y pulsó el botón con el número diez. La puerta se cerró al instante y el ascensor empezó a subir «Uno, dos, tres, cuatro, cinco,…» iba contando Jorge «seis, siete, ocho, nueve, diez, once ¿once?, doce ¿DOCE?, ¿TRECEEEEE?…» y el ascensor seguía subiendo y subiendo y subiendo. Entonces miró por la ventana incrustada en la puerta y vio que el ascensor había roto el último techo del edificio y se alejaba volando de él «CINCUENTA Y DOS, CINCUENTA Y TRES, CINCUENTA Y CUATRO,… ¡Madre mía! ¿Cómo voy a volver, ahora?»; luego dejó de ver el edificio y vio todo el barrio, y luego dejo de ver el barrio y vio toda la ciudad con las montañas que la rodeaban y el río que por mitad de ella pasaba como un hilito azul echado sobre la tierra. Y fue tan y tan alto que atravesó las nubes y acabo viendo grandes cúmulos de nubes y un cielo azul por todas partes. Y ya cuando el ascensor cogió una altura increíble, el cielo empezó a oscurecerse a la vez que las nubes se alejaban de su vista: estaba entrando en el espacio sideral. Y así fue que al poco vio la hermosa esfera azul que es nuestro planeta Tierra con sus continentes, brillando inmensa como solo un astronauta puede verla. «MIL DOSCIENTOS SETENTA Y TRES,  MIL DOSCIENTOS SETENTA Y CUATRO, MIL DOSCIENTOS SETENTA Y CINCO,…» salían los números en la pantallita del ascensor —Jorge ya no contaba—. Entonces, a lo lejos otra esfera plateada apareció: era la luna que poco a poco se agrandaba a medida que el ascensor se acercaba a ella. Unos minutos después el ascensor comenzó a orbitarla y se quedó sobrevolando su superficie, como si buscará un sitio apropiado para aterrizar, sin cráteres y llano. Así estuvo un rato sin tocar tierra, hasta que detrás de una montaña se dejó ver una enorme cúpula hecha de cristal y dentro de ella, una ciudad entera, con sus luces, edificios, puentes y carreteras. Cuando estuvo más cerca, Jorge vio también pequeños drones y naves volando y en las calles de la ciudad caminando a seres parecidos a humanos, pero de color rojo brillante. Entonces el ascensor fue ralentizando su vuelo, aproximándose a una entrada abierta en la cúpula, donde había un grupo de estos seres, esperando a que aterrizara. El ascensor se coló por la entrada y ésta se cerró.

* * * * *

—¡Hola Jorge! —saludó uno de ellos al ver a Jorge salir del ascensor—. Bienvenido a nuestra colonia lunar. Soy el agente interestelar Z1A2; aunque el nombre humano que me pusieron mis jefes es Francisco Tilla Marujón o Paco Tilla, para los amigos; pero para ti, seré «señor Tilla». 

Los acompañantes rojizos que oyeron la presentación del señor Tilla emitieron una especie de silbido parecido a una risa. «¿De qué se reirán estos tontos?» pensó entonces Jorge «¿Y cómo sabe mi nombre este tipo tan feo?».

—¡No nos insultes, Jorge! —dijo el señor Tilla— Puedo escuchar el pensamiento humano. Te explicaré lo sucedido: estás aquí entre nosotros, por decisión del CIREME, Consejo Interplanetario de Reparaciones de Especies Mentalmente Enajenadas y te hemos hecho venir…

—¡Querrás decir «te hemos secuestrado»! —interrumpió molesto Jorge.

—Ya, pero no teníamos más remedio… Como te decía… Te hemos hecho venir en un ascensor trucado, dotado de autopropulsión e Inteligencia Artificial, después de que fueras elegido de entre los millones de seres humanos de la Tierra como ejemplar perfecto para nuestro experimento.

—¿El ejemplar perfecto?

—Sí, el ejemplar perfecto de ser humano que habiendo nacido con todo (amor, salud y dinero), no sabe qué hacer con su vida. Yo he sido el encargado de enterarme de los detalles de tu día a día y de ir con el chisme al CIREME. Sé todo sobre ti.

—¿Todo?

—Todo. Sé cómo está tu expediente académico en el instituto; sé cómo llevas las relaciones con tus padres, con tu novia y tus amistades; sé cómo vas en el nuevo trabajo, sé cuáles son tus hobbies —me he tenido que tragar cada una de tus partidas a Roblox, Fortnite, Minecraft, League of Legends…(1)— Espiarte no ha sido divertido, especialmente cuando te lo pasabas genial jugando con tu consola. Me he aburrido más que una piedra en un desierto.

—¿Y qué culpa tengo yo de que seas tan cotilla y chismoso?

—Es el trabajo que me obligaron a hacer. Nadie lo quería. Encima mis jefes me pusieron este nombre y apellidos humanos ciertamente ridículos —se escuchó de nuevo la risa silbante de los que acompañaban—. ¿Ves cómo se ríen de mí por tu culpa mis compañeros de trabajo? Encima me pagan una miseria. No es estimulante espiar a un humano que no sabe lo que quiere en la vida. 

Jorge no sabía muy bien qué decirle al señor Tilla para consolarlo. A él tampoco le pagaban mucho por ser repartidor de comida, y también él, tenía lo suyo, aguantando a gente maleducada y rara como el último cliente.

—Bueno, pero entonces ¿Qué quieren que haga? ¿Para qué me han traído hasta aquí?

El señor Tilla extendió entonces sus brazos frente a Jorge y abrió las manos. En la palma izquierda apareció, como de la nada, una cápsula de color blanco; en la derecha, un vaso con un líquido rojo.

—Queremos que te tomes esta pastilla. Con ella, tu vida cambiará. O eso pensamos. Si la pastilla funciona te harás más responsable, no te será ya tan placentero perder el tiempo con tu vida virtual, y empezarás a esforzarte en tu vida real. Madurarás.

«¡Menuda trola se está echando!» pensó Jorge.

—No es trola —apostilló algo ofendido el señor Tilla.

—Vale, vale… Pero ¿por qué me eligen a mí, si al menos me he esforzado trabajando?

—Porque en verdad solo lo haces para conseguir cosas materiales y para convertirte en el futuro en un ser humano codicioso que se aprovecha del esfuerzo de los demás. No lo haces para aprender, ni para ayudar a los demás. Así que tú nos servirás de cobaya. Si sirve, intentaremos dársela a todos los humanos. Últimamente, andan muy despistados sobre lo que es realmente importante en la vida. Casi nadie sabe qué hacer con ella o la derrochan o la usan para perjudicar a otros. Es una enfermedad que se está apoderando de vuestra especie. Se llama Estupiditis Crónica. La hay en otros planetas, pero en el de ustedes es alarmante, y les tenemos que dar prioridad.

«¡Madre mía!» pensó Jorge asombrado y más convencido.

—No debes preocuparte por tu madre. Ella aún no la sufre. Ni por tu novia, aunque tu padre la ha cogido un poco. Pero ¿quién sabe dentro de unos años? Los seres humanos cada vez sois más codiciosos, cada vez os respetáis menos por vuestras diferencias personales y no cuidáis nada el propio planeta. La Estupiditis Crónica se contagia rápido.

Jorge cogió la cápsula y la miró a trasluz. El señor Tilla le dijo que no podía morderla. Debía tragarla entera.

—Pues dame un RedBull (2) para que no me atragante—pidió Jorge.

—¡Nooooooooo! —dijeron todos a coro, incluido el señor Tilla, que prosiguió diciendo— Es mejor que te la tomes con este zumo cien por cien de pomelo —y le dio el vaso con el líquido rojo.

—Pero no me gusta nada el zumo de pomelo —protestó Jorge—. Es amargo.

—Sí, lo sé. Como amargo es casi todo lo que uno tiene que hacer en la vida para mejorar.

Entonces Jorge se puso la cápsula en la lengua y se la tragó bebiendo el zumo. A los pocos segundos, sintió una repentina sensación de sueño, se sentó en el suelo y se quedó dormido.

* * * * *

Al despertar, se vio dentro del ascensor recostado en una de sus paredes. En la pantalla estaba el número diez y las puertas abiertas «¿Habrá sido todo un sueño?» pensó «Si lo fue, era muy real, la verdad». e incorporándose, salió con la maleta en la que aún llevaba el pedido. Caminó por un pasillo hasta dar con la puerta del cliente. Tocó y su voz desagradable se oyó refunfuñando tras ella desde el fondo de la casa. La puerta se abrió y apareció un hombre flaco y desgreñado con pinta de estar a malas con todo el mundo.

—La próxima vez, me quejaré a tus jefes. La gente joven como tú no sabe lo que es hacer bien su trabajo. Ni para éste de repartidor, sirve.

Jorge se le quedó mirando en silencio: aquel ser humano no daba para más. Iba a ser difícil que cambiara —ni con la cápsula del señor Tilla—; tendría mucho dinero, un buen negocio o un trabajo muy bien pagado, buenos coches, una moto mejor que la de su primo, un móvil última generación, aquella casa en la urbanización más lujosa de la ciudad… Pero ¿para qué si había perdido todo el respeto por los demás?

Entonces Jorge le entregó el pedido sin decir nada y salió.

Desde ese día, escuchó con más atención los consejos que le daba su novia, su madre y todo aquel que no hubiera cogido aún la Estupiditis Crónica… aunque no sabemos bien si fue o porque se hartó de la vida que llevaba o porque le hizo efecto la cápsula del señor Tilla.

David Galán Parro

12 de febrero de 2026

  1. Video-juegos contemporáneos muy demandados y consumidos en el mercado del ocio virtual.
  2. Bebida energética distribuida por la compañía austríaca Red Bull GmbH.[1] Fue creada en los años 1980 por el austriaco Dietrich Mateschitz, a partir de una fórmula concebida por el tailandés Chaleo Yoovidhya. La primera lata se vendió el 1 de abril de 1987 en su país de origen, Austria, siendo el lanzamiento no solamente de un producto totalmente novedoso, sino el nacimiento de la categoría de bebidas energéticas.

Soneto XII: Soy

No me ha vencido la dicha ligera

de quien cree hallar su ventaja en todo,

no perdí, aunque pierda según mi modo,

esa otra más digna, más verdadera.

Que me busque la derrota quien quiera,

ya conozco a fuego mis credenciales:

llano y enemigo de cosas banales

soy y así quiero ser en la vida entera.

Es extraño; sentirse uno que es nada

y abrazar a la vez con dolor todo;

tocar el fondo, sentir propio el lodo

y aún ver una sabia dicha alada.

Soy algo incierto y soy también el poeta;

soy promesa, palabra, sangre y grieta.

David Galán Parro

10 de febrero de 2026

El hombre del molinillo


Le calculo cerca de los cuarenta años. Él y otro que debe ser su padre están frente al paso de cebra esperando que algún conductor les deje pasar. Él lleva en su mano un molinillo de aspas de cartulina iridiscente. Tocado por leves estereotipias, observa con reconcentrada ansia la acera opuesta, en ese instante, vacía de transeúntes. Cuando empiezan a cruzar la calzada frente a mí —voy en el coche al trabajo—, él levanta el molinillo y la brisa despierta ligeramente las aspas. Empieza a reír. Se despega entonces del lado de su padre corriendo desaforadamente por la acera vacía, hipnotizado por el destello abigarrado de las aspas en rápido movimiento. Tanto termina alejándose con su juguete que cuando llega la guagua que ha de recogerlo, han de esperarlo unos segundos a que vuelva sobre sus pasos.

Mientras, yo he detenido mi coche sobre el paso de cebra, abrumado por el extraño secreto que pide ser adivinado en el hombre del molinillo. Alguien me pita y me urge desde atrás. No hay tiempo para descifrarlo. No hay tiempo para oír el susurro de su sencilla enseñanza.

David Galán Parro

7 de febrero de 2025 

Las razones que nos sirven

A media tarde, ella y él están en el salón del apartamento. La conversación fluye por los derroteros habituales: pequeños problemas domésticos de cada uno, rencillas en el ambiente de trabajo, en las familias… Ella aún no se ha decidido a convivir con él. Necesita tiempo: en ciertos asuntos emocionales siente que no hay todavía terreno firme.

El televisor está encendido mientras conversan. De repente, unas imágenes brutales saltan en pantalla. Acaba de suceder en la ciudad de Minneapolis: un joven manifestante, de treinta siete años, está grabando con su móvil la detención de una chica inmigrante por parte de la policía. La detención forma parte de la nueva política migratoria del gobierno estadounidense; detención que implica la pérdida de derechos civiles y la expulsión del país. No importa cuánto haya contribuido la mujer a la riqueza nacional. No importa si se le separa de familiares y amigos. El joven manifestante se interpone y graba. Ahora él se vuelve objetivo del grupo de agentes. Lo rodean, le quitan el móvil y el arma que lleva enfundada; luego, lo tiran al suelo y lo inmovilizan. Otros manifestantes que presencian la escena, gritan y piden ayuda. De improviso, uno de los agentes que lo rodea desenfunda la suya y dispara a un palmo sobre el detenido. Diez tiros. Una ejecución pública, obscena. El espanto tiene el resabio de irrealidad, como si el tiempo aún pudiera caminar hacia atrás y arreglarlo todo. El horror que nadie imaginaba, está ahí, tan fácil, tan vívido. La escena empieza a dar la vuelta al mundo.

Ella y él se miran. Luego, vuelven la mirada hacia el horror de la pantalla

—¡Esto es una verdadera locura! ¡A lo que estamos llegando! —dice él.

Ella hace un gesto de incredulidad:

—Cariño, tienes que considerar en qué circunstancias el policía se ha visto forzado a disparar.

—Pero mi amor, a la vista está, no hay nada que considerar…

—¿Cómo que no? El muchacho tenía un arma, no sabemos cómo podía terminar usándola ¿Quién le mandó tenerla?

—Estaba en el suelo, inmovilizado. Era imposible. Además tener un arma en EEUU no es delito.

—Por eso, mi amor: que una cosa como esa pase en EEUU es totalmente lógico y previsible. Es una sociedad legalmente armada y eso puede pasar. No hay que escandalizarse…

Se vuelven a mirar. Él vuelve a sentir un triste extrañamiento, un muro que nunca podrá rebasar. No entiende por qué ella niega la evidencia, porqué se empeña en rastrear razones. Adivina obstáculos insalvables. Quizás sea eso el amor: una indigna resignación. O quizás ella argumente así para salvar el nido de amor que tienen, o «sus propias convicciones reaccionarias en el peor de los casos» piensa él. «Da igual» concluye. Acercan sus caras y se besan. A él vuelve un leve alivio. Eso es mejor que nada.

Al cabo de una hora, ella se viste, toma el bolso y se dispone a salir. Él la acompaña hacia la puerta y se despiden. Siempre le gusta verla desaparecer por el hueco de la escalera, taconeando sobre el mármol de los peldaños, en un frágil contoneo que le inspira ternura; también le gusta escuchar la palabra adiós en su voz, certificando por el tono, que toda discusión entre ellos queda bien sellada, que no pasará nada, que sus diferencias nunca importarán, que todo saldrá adelante, que habrá futuro y serán felices.


* * * * *

En la calle es noche cerrada. Ella camina en dirección al coche. Lo ha dejado aparcado a unos cinco minutos de la casa de él. Esta vez, en una calle apartada. Un fallo técnico del alumbrado del sector —la vergonzosa desidia del ayuntamiento capitalino, piensa— le hace más desapacible el trayecto. Tiene un pálpito. Uno de tantos. Esta vez, sopesa darse la vuelta y pedirle a él que le acompañe hasta el coche. Pero no. Se llena de determinación y prosigue. Para sentirse a salvo de su miedo, decide echar por calles algo concurridas, aunque le lleve más tiempo; pero llegado a un punto, esa circunstancia no le asiste y tiene que transitar en mitad de una oscuridad imprevisible. Entonces, cuando va acceder al último tramo, en una esquina, siente un fortísimo golpe en la espalda, entre los omoplatos, y pierde el equilibrio. Siente su cuerpo ir hacia adelante, como si ya no fuera suyo. Otro golpe durísimo le sigue, en la cara, contra el pavimento. Queda de bruces. En su boca, siente la sangre salada. A continuación, un tirón le descoloca el brazo y libera el bolso. Una respiración ansiosa que pende sobre ella le hace mínimamente consciente del peligro: quien quiera que sea, está de pie, con el bolso, observándola, evaluando qué más hacer, hasta dónde llegar, cuánto tomar. Ella es una mujer bonita y como siempre, ha ido con el fino vestido que a su novio le gusta, con el que a él le es fácil desnudarla. Esta idea ahora le llena de horror y en ese instante maridándose con el horror, asoma la débil culpa, la repugnancia y la reprobación de sí misma. La ominosa presencia se ha acuclillado a su lado. Siente el hedor de sus sucias ropas; luego, una gruesa mano, su mano, palpándole las nalgas y atenazándolas, recreándose en su poder. Las suelta. Se levanta y se hace un nuevo y tenso silencio. La está observando otra vez. Al cabo de unos segundos, siente que se vuelve y comienza a oír la sucesión de pasos cada vez mas tenues que lo alejan y en esa debilidad creciente de los pasos el alivio se va acercando, la calma regresa.

Intenta incorporarse, pero sólo consigue quedar sentada. Tiene la cara, la boca y el cuerpo doloridos y magullados. Se recuesta contra la pared. La oscuridad sigue, indiferente. Comprueba que ha perdido uno de sus tacones y que en una de sus medias hay una carrera. Se siente aún más desvalida. Va a llorar. Vuelve la cabeza lentamente hacia un extremo de la calle donde el alumbrado es más intenso y ve de forma intermitente transeúntes pasar. Casi todos son hombres. Algunos miran, pero siguen su camino. Quizás piensen que es una borracha o una yonqui tirada en la acera; o peor, una joven imprudente, si fuera vista de cerca o a la luz inequívoca de una farola. Da igual la idea. Ambas sirven para considerar razonable la situación. 

David Galán Parro

25 de enero de 2025

Hacerse a sí mismo

Nació sin nada,

sin padre ni madre,

porque —dicen— la madre murió en el parto

y el padre andaba desaparecido.

En la casa de acogida, 

los demás eran hermanos

y las cuidadoras, madres.

No entendía en el colegio, 

porque —dicen— no atendía.

«Comportamiento disruptivo»

aclaraba el expediente escolar.

En el instituto, pegó fuego a una mesa,

para acallar un rato las voces de su mente,

y lo expulsaron.

Recurrió al alcohol y luego a las drogas, 

porque —dicen— era inmaduro;

pero era en verdad también,

para acallar un rato las voces de su mente.

Con dieciocho años buscó empleo

pero todos los perdía,

porque —dicen— era un inadaptado, un vago.

Siguió sin nada:

no quería medrar —dicen—.

La crisis económica le dio a conocer la calle

Le apalearon de noche en una acera;

sólo tenía su cartón de vino.

Otro día, lo atropelló un coche 

y quedó inválido de cintura para abajo.

Cuando vino la guerra,

no pudo correr para alcanzar el refugio antiaéreo

y se lo llevó la misma lengua de fuego que se llevó

la acera, las casas, los coches, los postes, los jardines…

Y todo esto, 

porque —dicen— no quiso hacerse a sí mismo.

David Galán Parro

13 de enero de 2026

Premisa necesaria para una sana relación personal y profesional

Uno ajusta cuentas también idealmente con su vida. Sobre todo, cuando no pudo o no se atrevió a hacerlo realmente en el pasado. No es la mejor manera, pero aporta un alto grado de liberación. Y del recuerdo negativo del pasado hay que librarse, tenga este recuerdo la forma del rencor, de la culpa o de la nostalgia.

El ajuste de cuentas que me hago utiliza la siguiente premisa: Si no estás en obligación real frente a alguien, no permitas que ese alguien te diga qué y cuánto le debes dar; o dicho de otro modo, si nada te obliga, decide tú qué y cuánto le vas a dar a alguien. No dejes que el otro te haga ver obligación real donde no la hay. Y es sencillo: no rige la representación que una persona se hace de la relación real que mantiene contigo; rige la relación real que mantiene contigo, aunque ni él ni tú se la representen adecuadamente.

Durante años yo acepté y estuve sometido a la representación que se hacían otros de la relación que mantenían conmigo. Para ellos, como para mí, esa representación era incuestionable. El contenido más decisivo de esta representación era este: yo estaba en posición de deuda profesional y personal frente a ellos; y en consecuencia yo me debía a ellos; dicha deuda debía ser pagada mediante el trabajo absolutamente gratuito para su proyecto. Qué y cuánto tenía que dar era un asunto que determinaban ellos. Si no daba lo esperado, si no estaba a la altura, se veían obligados a asignarme una tarea adecuada a mis capacidades, adecuada a lo que podía darles. Y por esta consideración debía sentirme agradecido, pues estaban siendo pacientes con mis limitaciones, con mi egoísmo, con mi desidia; limitación, egoísmo y desidia que lastraban el proyecto colectivo, que lo socavaban desde dentro. Esto añadía otro contenido a la representación de la relación —contenido con el que tampoco yo salía moralmente favorecido—: estaba mi interés individual frente a su interés colectivo, mi egoísmo frente a su abnegación.

Ahora cuatro años después, en una lucha constante por la recuperación de una dignidad que me dejé arrebatar, ajusto cuentas —idealmente, repito— y descubro la realidad de aquella experiencia de vida; y éste descubrimiento me aporta la sencilla premisa que antes enuncié: si no hay obligación real, no dejes que nunca nadie te diga lo que le tienes que dar; da lo que quieras dar; y que el otro, si lo quiere, que lo tome.

No guiarse por esta sencilla premisa dentro de una relación personal y profesional te destruye poco a poco e inevitablemente.

David Galán Parro

21 de diciembre de 2025

Momento de íntima felicidad

Si me preguntan cuál es mi estado de felicidad suprema, mi respuesta es inequívoca: aquel en el que me vuelve el entusiasmo y la energía por trabajar y crear para la sociedad. Da igual de qué naturaleza sean los materiales constructivos — cada cual tiene los suyos— simplemente, sentir de nuevo ese hermoso amanecer dentro de mí que me pide volver a la faena para la cual me he formado, o me ande formando.

Cuando la mala salud se retira como una sucia ola que refluye para dejarnos a la vista plena esa playa hermosa que es el entusiasmo y la energía para crear, uno se reconcilia con el mundo. Yo diría que hasta con lo peor del mundo. Todo cobra aliento y horizonte. Sé que puedo hablar así, porque soy un privilegiado. Muchos no pueden gozar ni siquiera de un minuto de esa libertad de crear ahí en el terreno elegido y amado. Vidas truncadas por circunstancias adversas, o sencillamente, vidas cuyas circunstancias ni siquiera formaron las necesidades creadoras libres; para esos hombres y mujeres, para los que nunca hubo opción, y ni siquiera saben que hay opción, a esos yo los abrazo desde lo más hondo de mi corazón, y por ellos siento un agradecimiento íntimo que sólo puedo expresar correspondiendo en cada momento de mi faena con una inevitable entrega social. Yo me siento la expresión misma del reino de la libertad conquistada por la humanidad, por el trabajo de millones y millones de hombres que viven y vivieron en ese otro reino: el de la necesidad. A ellos me debo. Y cuando la salud vuelve al redil ¡Qué felicidad saberme inmerso de nuevo en ese río que es el trabajo para los intereses sociales! 

Soy el creador consciente conquistado por el esfuerzo social. Soy la encarnación de la libertad obrera conquistada. No hay mayor liberación que el que corra espontáneamente por la sangre de uno, este humilde sentimiento.

David Galán Parro

15 de diciembre de 2025  

El rey que no podía soñar

a Alba Pérez Rivero

El rey no podía soñar. Llegaba la noche, se acostaba y se quedaba rápidamente dormido, pero nada aparecía en su sueño. Todo era oscuridad dentro de él. A veces, al despertar, la reina le preguntaba: 

—¿Has podido soñar hoy con alguien o algo por fin?

Él, tristemente respondía:

—No, con nadie ni con nada.

—¿Ni con este, tu país dónde todo es abundancia y todos trabajan para ti?

—No.

—¿Ni con este palacio donde vivimos cómodamente, rodeados de criados a nuestro servicio?

—No.

—¿Ni con todas las riquezas que acumulas en el banco del reino?

—No.

—¿Ni con todos los territorios extranjeros conquistados que ya son sólo tuyos?

—No

—¿Ni con tu madre y tu padre fallecidos que tanto te quisieron?

—No

—¿Ni siquiera conmigo?

—Ni contigo —respondía avergonzado.

La reina no podía entender cómo su marido carecía de sueños. Todos los habitantes del reino los tenían, menos él. Entonces pensó en ayudarlo: hizo venir primero a un juglar para que le contara historias antes de dormir, pero de nada sirvió. Luego, llamó a varios médicos, y éstos tampoco resolvieron nada. Luego, probó trayendo a un hipnotizador; y tampoco el hipnotizador consiguió que soñara. La reina estaba desesperada. Por fin, decidió poner un anuncio en el que ofrecía una importante suma de dinero para quien hiciese soñar a su marido.

A los pocos días, se presentó en el palacio un hechicero jurando que haría soñar al rey. La reina, no muy convencida, lo trajo a su presencia. El rey estaba también en la sala en silencio en espera del milagro. 

—Dime, hechicero, ¿cómo vas a hacer que el rey sueñe al fin con algo? —preguntó la reina.

—¿Ve este barril, majestad? —y señaló a un barril que acababan de traer a la sala dos criados— Está lleno de agua mágica. El rey debe introducirse desnudo en él y dormir bajo el agua. No morirá ahogado. Creedme. Yo cerraré la tapa. Dormirá así durante una semana. Al cabo de ese tiempo, volveré a abrir la tapa y el rey podrá contarnos si realmente soñó o no.

Parecía una locura peligrosa, un suicidio, pero como al rey y a la reina le gustaban los retos, éstos aceptaron lo que proponía el hechicero. Cuando llegó la noche, el rey se despojó de sus ropas reales, entró en el barril, se sumergió bajo el agua y se quedó dormido. Luego, el hechicero cerró la tapa y se marchó a casa.

Una semana después, el hechicero volvió al palacio. La reina le esperaba. Era la mañana en la que el rey debía despertar. Solo el hechicero era quien podía abrir nuevamente la tapa del barril, y así hizo. El rey emergió de las aguas y abrió los ojos lentamente como aturdido. Todos en la sala estaban asombrados.

—¿Está bien su majestad? —preguntó el hechicero.

—Sí —respondió el rey.

—-¿Ha soñado su majestad?

—Sí.

—¿Y con qué ha soñado su majestad?

—Con todo: con mis vasallos, con mi palacio, con mis riquezas, con mi padre y mi madre, con mi esposa. Por fin, he podido soñar y lo he visto todo en mis sueños.

—¿Y se despertaba su majestad cada día? —preguntó el hechicero.

—Sí, junto a una piara de cerdos, trabajando de porquero para un hombre brutal que era mi amo. Tenía que cuidar de los animales y estar con ellos todo el tiempo a cambio de comida. Mi techo era la propia pocilga en la que trabajaba. Nada más tenía yo.

La reina y los presentes entendieron la lección de vida por la que había pasado el rey y dieron las gracias al hechicero, el cual no aceptó la recompensa por su servicio.

—Su marido pudo soñar al fin, en cuanto empezó a vivir de modo humilde y en cuanto echó de menos todo lo que realmente era importante para él —le dijo aparte el hechicero a la reina antes de salir.

Desde entonces, el rey y la reina vivieron con muchísima más sencillez y repartieron con justicia la mayor parte de su riqueza entre todos los súbditos.

David Galán Parro

13 de diciembre de 2025